Burghausen, ciudad de la corte
Las numerosas divisiones que sufrió Baviera, tan "lamentadas y temidas" según el historiador Benno Hubensteiner, "no aceleraron el proceso de decadencia de Burghausen", sino que dieron un gran empuje a la ciudad. El duque Enrique XIII de la Baja Baviera fijó su segunda residencia en Burghausen. Este nombre se relaciona con la primera de las tres divisiones que vivirá el land, en cada una de las cuales Burghausen desempeña su propio papel, pero en ninguno de los casos, como señala Hubensteiner, "con tanto orgullo como tras la división de 1392, que divide nuestro land en Baviera-Munich, Baviera-Ingolstadt y Baviera-Landshut".
La obra más monumental testigo de esta época es este complejo palaciego único, cuya ampliación empezó a mediados del siglo XIII bajo el poder del duque Enrique y continuó con el duque Jorge el Rico hasta llegar a convertirse en el mayor castillo de Europa. Ya en tiempos del duque Enrique, también en la ciudad, a los pies del castillo, surge una clase social alta, distinguida y conocedora del mundo, formada mayoritariamente por ricos comerciantes, principalmente de sal.
Se pueden encontrar distintas opiniones acerca del papel del castillo como segunda residencia de los duques de Landshut. Mientras Bonifaz Huber escribe de forma ingenua y glorificada al mismo tiempo que "podemos afirmar que Burghausen fue durante 2 siglos y medio, pasando por la habitación de las mujeres y la de los niños, el lugar de recreo más divertido para la juventud electora y la residencia más tranquila para las viudas de la rama bajo bávara de la casa Wittelbach", el historiador bávaro Sigismund Riezler presenta esta realidad de forma muy diferente: "A tres princesas bávaras la vida les dio un duro destino, en este castillo, alejadas de unos maridos que no las amaban, pasando los días en pena". El antiguo alcalde de Burghausen Georg Miesgang ve el castillo como un "lugar de destierro para las esposas de algunos duques y prisión para desagradables rivales políticos".
Una de estas duquesas, Hedwig, la Trágica, la que fue la novia de la boda de Landshut, que se celebró con tanto esplendor y la suntuosidad, vive y muere aquí y es enterrada en Raitenhaslach.
Pero no es el destierro de la deslumbrante corte de Landshut lo que la convierte en una figura trágica, sino el hecho de que sus tres hijos mueren a una corta edad y que sus dos hijas no pueden llegar a gobernar nunca según el derecho alemán que rige en la época. Esto conduce a la "reunificación" de Baviera en 1505. Es una reunificación sangrienta cuyas heridas no se curan fácilmente. Como ya decíamos, este momento histórico puede verse de muchas maneras distintas, pero los Landshut saben salvar las apariencias: "Una brillante corte que envuelve a las esposas de los príncipes electores y esconde soledad y tristeza", así los definía Hacker, que también añadía: "La corte tenía una media de 100 personas residiendo en ella", pero esta cifra no se puede comparar con Landshut, donde los duques vivían a sus anchas.
Dos grandes incendios (1353 y 1504) influyen de forma decisiva en el aspecto de la ciudad situada a la sombra del castillo. Tras el primer incendio, se erige de nuevo la iglesia de St. Jakob. Tras el segundo, se construyen de nuevo las casas, "mejores y más bonitas que antes", según Benno Hubensteiner.
En este momento Burghausen pierde, debido a la "reunificación de Baviera", su carácter de residencia de la corte.
El gran Rentamt u organismo de administración de las finanzas (desde 1392), sin embargo, permanece en la ciudad. Burghausen es una de las cinco capitales del land. Hoy en día aún encontramos edificios góticos significativos en abundancia. Obras culminantes que sobre todo subrayan el excelente nivel de los arquitectos de Burghausen, entre los que particularmente destacan Konrad y Oswald Pürkhel, Hans Wechselsperger, Hans y Jörg Perder (constructores de la colegiata de Altötting) y Ulrich Häntler.
Y el más famoso de todos: el maestro Hans de Burghausen, del que se dice que aprendió su oficio en la barraca utilizada de la iglesia de St. Jakob. "El padre del gótico tardío bávaro" (según Hacker) construye importantes iglesias en la Alta Baviera y Salzburgo, entre las que destacan la Martinskirche (Iglesia de San Martín) en Landshut y la Nikolauskirche (Iglesia de San Nicolás) en Neuötting.
Pero no sólo Burghausen dispone de una barraca de construcción de gran importancia, también el arte de los picapedreros del gótico gozaba de gran respeto. Entre ellos podemos nombrar a Jörg Gartner, Franz Sickinger y Sigmund Rueder. Los epitafios que aún se conservan dan fe de la destreza artística de estos escultores.
Decadencia y apogeo
No es la mejor época, ni política ni económicamente hablando, la que vive Burghausen durante los siglos XVII y XVIII.
Principalmente el siglo XVIII puede ser considerado con razón como el más negro en toda la historia de la ciudad. Este es tal vez el siglo en el que el esplendor y la pobreza, la suntuosidad y la infelicidad más cerca conviven uno de otro.
Y esto que la cosa al principio prometía, ya que en el año 1688 se vivió un auténtico momento de apogeo cuando "el príncipe elector declaró la ciudad capital después de haber actuado como tal desde hacía siglos".
En 1627 llegaron los jesuitas a Burghausen, en 1629 se decidió construir un claustro con un colegio y una iglesia, en 1654 se fundó el Monasterio de los Capuchinos y en 1683 las Señoritas Inglesas llegaron a la ciudad del Salzach.
Y después llegó este siglo XVII tan infeliz para la ciudad con sus guerras de Sucesión y la paz de Teschen, que de forma tan negativa afectaría a la ciudad.
Pero, en primer lugar, lo que cambió fue la cara de la ciudad hacia afuera, al estilo de la nueva moda. Los estilos barroco y rococó dominaron la escena.
Si bien la ciudad se conservó en su conjunto como en el modelo de Sandtner, las fachadas de las casas se transformaron. "Así encontramos", dice el catedrático Hermann Selzer, "que las paredes exteriores de los edificios públicos y burgueses de Burghausen contrastan muchas veces con su estilo interior".
Aunque la mayor parte de las casas conservan un estilo gótico en el interior desde el sótano hasta la buhardilla, se sirven de "fachadas artísticamente decoradas" de estilo barroco y rococó, siendo, como afirma Hacker, "en gran parte de una belleza inigualable que no sólo muestran la destreza artística del arquitecto, sino también la habilidad de los albañiles que las construyeron".
De entre los arquitectos que determinaron el nuevo aspecto de la ciudad destacan durante el Barroco sobre todo los dos "extranjeros" Dominikus Christoph Zuccalli (admitido como ciudadano en 1697) y Johann Baptist Canta (admitido como ciudadano en 1709).
Sin embargo, la creación artística de la época barroca no se limita sólo a la habilidad de arquitectos y albañiles, sino que la escena artística es mucho más amplia. En primer lugar, encontramos a escultores de gran reputación en toda la región: Johann Ferdinand Oxner, Johann Jacob Schnabel y, sobre todo, Johann Georg Lindt, que emigró de Carintia en 1758.
Según Huber, "la ciudad aún era más rica en pintores que en escultores". De hecho, es en la pintura donde Burghausen vive una verdadera época de esplendor. Tobias y Franz Ignaz Schinagl (a él debemos la panorámica de la ciudad que podemos contemplar en la sala de sesiones del Ayuntamiento), Franz Josef Camerloher, Innozenz Anthoni Waräthi, Johann Martin Seltenhorn y Peter Kajetan Forster son algunos de los pintores que dejan su huella en Burghausen.
El más famoso de todos: Johann Nepomuk della Croce, que emigró en 1758 de Pressano, localidad próxima a Trieste, y que recibió el mismo día que el escultor Lindt el derecho ciudadano de Burghausen. Della Croce, cuya fama traspasa fronteras, pinta cientos de cuadros, entre los que destacan sus excelentes retratos.
Y también Johann Michael Rottmayr, pintor de la corte de Salzburgo, "se considera como un ciudadano más de Burghausen". Mientras que el arte, la artesanía y la construcción viven una época de auténtico esplendor, Burghausen debe encajar un duro golpe económico: la paz de Teschen separa en 1779 el territorio de Innviertel de la ciudad, que ahora se convertirá en ciudad fronteriza y que pronto quedará rebajada al nivel de ciudad provincial sin importancia.
Sin embargo, aún deberían permanecer dando fe del esplendor de la capital numerosos edificios como el palacio Tauffkirchen y otras casas burguesas en la Stadtplatz, así como el Kurfürst-Maximilian-Gymnasium, el edificio de las Señoritas Inglesas con la Iglesia del Ángel de la Guardia (Schutzengelkirche), el monasterio de los capuchinos y, sobre todo, la joya del valle del Salzach, la iglesia Wallfahrtskirche de Marienberg y la joya barroca de la Iglesia del Monasterio de Raitenhaslach.
También a la parroquia de St. Jakob, con su torre, le llegan algunas influencias de la nueva época. Los fanáticos del estilo quizás lo lamenten, pero, según Hacker, "percibimos esta transición del estilo gótico al barroco no sólo como un pedazo de crónica petrificada, sino también como uno de los rasgos que caracterizan nuestra querida vieja ciudad".
La última época de esplendor
¡Cómo han cambiado los tiempos! Burghausen, corte y capital, centro espiritual, cultural y artesanal, con su fuerza de irradiación hacia toda la región, continúa empobreciéndose, se encuentra al margen de la historia a pesar de que, como anunciaba entonces eufórico y satisfecho el periódico "Salzach-Kreisblatt": "Hoy ha llegado Él entre nosotros, aquí en Burghausen, y la ciudad se ha convertido gracias a Él en el centro de Europa".
Pues, donde Él se encuentra, se convierte en el centro de Europa. Esto se escribió en el año 1809 y Él es ni más ni menos que Napoleón. Considerar que así fue es, según Huber, verlo todo de una manera demasiado optimista, ya que, por ejemplo, nadie dice que la ciudad fue también gracias a "Él" el centro de la mayor de las pobrezas. La parroquia dio cobijo a prisioneros de guerra, en la Iglesia de los Jesuitas se guardaron los caballos, el Monasterio de los Capuchinos estaba a rebosar de soldados, el hospital estaba lleno de franceses y austriacos enfermos. Los habitantes de Burghausen tuvieron que abandonar sus casas para dejar sitio a los caballos, cada rincón de las casas, además, tuvo que ser cedido a los soldados".
El caso es que, después de la retirada de los franceses, la ciudad estuvo "privada de tantos alimentos", dice Huber, "que todos los habitantes hubieran muerto de hambre si no les hubieran llegado alimentos de regiones más lejanas. Concretamente fueron los ciudadanos de Tann quienes de forma tan generosa acudieron en ayuda de Burghausen mandándoles pan, huevos y manteca".
Tampoco el aspecto urbano dejó la mejor de las impresiones. Ya en 1779, el emperador austriaco José II dictó una sentencia demoledora: "Burghausen es sólo un mondongo de malos edificios". Que, a pesar de todo, aún "gobierne el aspecto urbano un espíritu artístico" (Hacker) debe agradecerse a la familia de arquitectos Glonner. "Tres hombres insignes de esta familia dejaron su huella en Burghausen durante medio siglo: Franz Anton Glonner, su hijo con el mismo nombre y el hijo de este último, Joseph Glonner". Precisamente Franz Anton Glonner hijo (recibe el derecho ciudadano en 1777) es quien, en el siglo XVIII, durante la transición del rococó al clasicismo, hace volver a florecer la arquitectura en Burghausen.
Esta nueva época de esplendor no se debe a la construcción de muchos edificios nuevos, sino a la manera humilde con que este arquitecto realiza los encargos. Cautivadoras son, sobre todo, las artísticas fachadas de diferentes casas burguesas del casco antiguo, que durante esta época se hicieron cubrir de nuevo al estilo Luis XVI.
"La casa en la que vivían (en "Die Grüben"), con una fachada que desgraciadamente sólo pertenece a la memoria, su exquisito interior, una ampliación que por suerte se ha conservado, sus muebles, pinturas y objetos de arte, su encantadora casa de campo en St. Johann cerca de Burghausen (llamada "Reisergütl") y los bienes artísticos que nos han legado estos tres arquitectos (propiedad municipal desde 1962, entre los que destacan un plano de la ciudad y una lista exacta de los dueños de casas en 1777) son el mejor testigo de la influencia que ejerció esta familia sobre el aspecto de la ciudad. No se hacían llamar arquitectos, sino maestros albañiles, pero el valor artístico de todo lo que crearon y lo que nos han dejado debe ser considerado como algo extraordinario", afirma Friedrich Hacker. Quizás alguno de estos malos edificios tan condenados por José II ya tenía un nuevo aspecto en la época de Napoleón.
Pero esto no pudo hacer mucho para evitar que Burghausen fuera avanzando en el camino de convertirse en una tranquila y pequeña ciudad. La ciudad vuelve a tener un papel secundario en la historia: ya en 1802 se disuelve el Gobierno por decreto del príncipe elector, y en 1807 se le retira el título de "Capital", porque Burghausen no puede pagar ni al juez ni al tesorero de la ciudad.
Los desastres de las guerras napoleónicas a partir de 1800 quizás también tuvieron parte de culpa y "aniquilaron por completo lo que quedaba de una riqueza tal vez aún existente", afirma Buchleitner. La cosa no acabó aquí, ya que la ciudad "no sólo fue rebajada al nivel de una pequeña e insignificante ciudad tanto política como económicamente", continúa diciendo el historiador, "sino que Burghausen perdió toda la fuerza de irradiación intelectual y cultural que había poseído a lo largo de los siglos debido a su supremacía política y de la que dan fe las obras arquitectónicas y monumentos, escuelas y monasterios que se conservan".





